El activista reflexivo

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Al hablar de activismo, como el nombre lo indica, pensamos en una actitud o forma de vida que implica trascender los planos teórico e ideológico, y pasar al práctico; lo anterior, en lo que a cuestiones políticas y sociales se refiere.

Un proceder activista estaría incluso más allá de las marchas y otro tipo de manifestaciones públicas, como puede ser la toma o intervención de un espacio público para protestar por alguna circunstancia.

Ser activista implica emprender acciones más concretas para resolver el problema que da pie a la inconformidad. Por ejemplo, si el motivo de informidad o rechazo es que los niños de comunidades pobres o marginadas no tengan acceso a la educación, una forma de activismo puede ser el acudir a esas comunidades y organizar grupos de alfabetización con maestros voluntarios.

El activismo puede llevar a situaciones que algunos consideran extremas, como el saquear tiendas y almacenes para protestar contra el encarecimiento de los productos básicos. En estos casos, la acción puede inclinarse fácilmente hacia la violencia y es por eso que incluso quienes se reconocen como activistas cuestionan o rechazan este tipo de medidas.

No obstante, lo que la mayoría de las formas de activismo parecen tener en común es el que buscan generar cambios mediante la acción. Ahora bien, ¿podríamos pensar en un activismo que, ante todo, implicara la reflexión?

En el contexto de muchas escuelas filosóficas, la acción y la reflexión han llegado a considerarse como opuestos, que pueden sucederse uno a otro, pero no coexistir. Y es que la reflexión precisa que la acción se ponga en pausa, para que el pensamiento pueda volverse sobre sí mismo. Por otra parte, no es que la acción se lleve a cabo en total ausencia de pensamientos, pero sí supone que la mayor parte del trabajo intelectual se concentra en ordenar el proceso mediante el que se lleva a cabo la acción.

En otras palabras, podemos reflexionar antes de actuar, para prever y sopesar las posibles implicaciones y consecuencias de nuestros actos. Posteriormente, actuamos con base en lo que pensamos. Pero la  idea de activismo reflexivo que comenzamos a considerar implicaría que el pensamiento, en sí mismo, podría ser una actividad. Y ya en el terreno de lo político y social, supondría que pensar es ya una forma de reaccionar y actuar frente a las circunstancias.

La verdad es que la idea no es nueva. Como señalara el filósofo alemán Immanuel Kant, uno de los lemas de la Ilustración fue “atrévete a pensar por cuenta propia”. La sugerencia de que pensar podría ser un atrevimiento, nos indica que dicho ejercicio no es puramente introspectivo y pasivo, sino que implica una respuesta y una reacción a un modelo de comportamiento impuesto. En una sociedad dirigida por los prejuicios o los dogmas, pensar por cuenta propia sería ya una forma de activismo.

En nuestra época, tenemos el caso de los activistas por la paz, como William Soto Santiago. Organismos como la Embajada Mundial de Activistas por la Paz, consideran que la base de todo movimiento y transformación social es el pensamiento crítico y para desarrollarlo, la educación es imprescindible.